Candidatos a Presidente 2027: La paradoja entre la demanda ciudadana y la cobertura mediática

Por estos días, Buenos Aires asiste a un espectáculo curioso, casi teatral. Un pastor evangélico — que prefiere llamarse comunicador— pasea de almuerzos con sindicalistas a cenas con empresarios, tratado por sus interlocutores como un candidato a presidente con chances serias, aun cuando ni siquiera se ha postulado formalmente. Dante Gebel anuncia que definirá su candidatura después del Mundial 2026, mientras un equipo de gente que apenas se conoce entre sí le arma un operativo clamor, le pega afiches en avenidas porteñas y le organiza encuentros con la cúpula de la CGT y con el gobernador de Córdoba. Mientras tanto, la pregunta básica —¿qué propone para la Argentina?— sigue flotando en el aire, sin aterrizaje a la vista. La escena tiene algo de paradoja inaugural. Acaso sirva como puerta de entrada para describir un fenómeno más amplio: el panorama opositor argentino de cara a 2027 no se ordena por proyectos, sino por temperaturas de la decisión. En este marco, aparecen candidatos decididos, ambivalentes, amagadores, dubitativos y silenciosos. Tanto como valientes, timoratos, oportunistas y sinuosos. En el medio, se asiste a una ciudadanía que reclama liderazgos claros, en contraposición a muchos medios de comunicación que dedican largas horas a conferir voz y pantalla a quienes dudan, mientras invisibilizan a quienes ya cruzaron el umbral del compromiso. Sobre esa paradoja —la de buscar lo que se critica e ignorar lo que se demanda— quiero detenerme. Quien escribe estas líneas asume su lugar en este mosaico desde una posición previa: lancé mi candidatura presidencial en noviembre de 2025. Desde entonces, vi desfilar por la conversación pública una larga lista de nombres asociados a la oposición o a un eventual recambio: Dante Gebel, Axel Kicillof, Cristina Fernández de Kirchner, Sergio Uñac, Sergio Massa, Guillermo Moreno, Jorge Brito, Gerardo Zamora, Victoria Villarruel, Esteban Bullrich, Marcos Galperin, Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Carlos Melconian. La nómina es heterogénea, y no porque la oposición esté hecha de catorce proyectos distintos, sino porque cada uno habita el escenario en una temperatura emocional diferente. Y la temperatura, en política, no es decoración: define el tipo de candidato que efectivamente se es. Los decididos Empecemos por la categoría más exigua, y por eso mismo la más significativa. Decidido, en política, no es quien dice que va: es quien construyó un proyecto, lo presentó en sociedad y asumió que su candidatura no admite condiciones suspensivas. Hay diferencia, no menores, entre haber tomado una decisión y apenas haber abierto una elusiva posibilidad. Mi propio lanzamiento, en noviembre de 2025, no fue un sondeo ni un amague. Es una decisión sin marcha atrás, no sometida a internas partidarias, ni a presiones externas, ni a llamados ambiguos de declamados deberes cívicos. La sostengo en un proyecto de país del que soy autor intelectual y que llamamos Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI: una hoja de ruta articulada en una triple revolución —educativa, científico-tecnológica e industrial-productiva— y orientada a formar lo que entiendo como un ejército de emprendedores jóvenes con capacidad de exportar al mundo. En La Riqueza de las Naciones, Adam Smith ya sugería que la verdadera riqueza de un país no se mide por el oro de sus arcas sino por la productividad de su trabajo y la sofisticación de su división laboral; dos siglos y medio después, esa intuición sigue siendo el cimiento sobre el que cualquier propuesta seria de desarrollo debe edificarse. La nuestra no es un manifiesto declamatorio: es la arquitectura conceptual de una política pública que explica, en términos verificables, cómo Argentina puede dejar de ser un país que improvisa para ser uno que planifica. El libro que ordena y fundamenta esa arquitectura ya está escrito, y su publicación es inminente. Se titulará Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI: Un proyecto para la Argentina futura. La mayor parte de sus contenidos, conviene aclararlo, fue oportunamente difundida en nuestros espacios durante los últimos meses; quien quiera contrastar lo que digo con lo que escribo tiene, ya, abundante material disponible. En la génesis del proyecto y en la escritura del libro me han acompañado dos coautores cuya presencia merece ser nombrada con precisión. El economista Gustavo Reija —mentor del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI y referente económico del espacio— con quien hemos trabajado codo a codo el armado de la propuesta económica que daría sustento a una eventual gestión de gobierno, área en la que asumiría responsabilidades centrales. Y Lucas Arias, un talento joven a quien debemos los fundamentos geopolíticos del proyecto: la lectura del lugar de la Argentina en el tablero mundial del siglo XXI, las definiciones estratégicas en política exterior y la articulación entre soberanía y multilateralismo. Lo formulo con la prudencia que el caso exige: nombrar equipo no es prepotencia, es transparencia. La política responsable comienza por anticipar quiénes harán qué, y no por improvisarlo después de las urnas. Cabe reconocer que en el oficialismo también existe un candidato decidido fundamental: el actual presidente Javier Milei, que ya manifestó su intención de buscar su reelección en 2027. Pero el foco de este análisis está en la oposición, donde la geografía de la indecisión cubre casi todo el territorio. Decisión sin pista de aterrizaje Un caso particular viene dado por quienes ya se han definido como candidatos o dejan trasuntar que podrían serlo, pero la justicia argentina les cerró la puerta de la pista. Es una categoría incómoda, porque no son ambivalentes ni amagadores: son candidatos cuya voluntad existe, pero choca contra una inhabilitación firme. La discusión sobre si esa inhabilitación es justa o injusta excede los límites de este artículo; pero lo que aquí interesa es su efecto político concreto: producir un actor activo que, sin embargo, no puede ser propiamente un candidato. Cristina Fernández de Kirchner es el caso más visible. En junio de 2025 la Corte Suprema dejó firme la condena a seis años de prisión y la inhabilitación perpetua en la causa Vialidad. Cumple su pena en prisión domiciliaria. Su rol en el peronismo sigue siendo decisivo —preside el Partido Justicialista, ordena equilibrios internos, audita candidatos—, pero el lugar específico de la candidatura presidencial, ese, le quedó vedado. La política la sigue habitando; la papeleta, no. Guillermo Moreno, por su parte, lanzó formalmente su candidatura en diciembre de 2025, pese a que en octubre de ese mismo año la Corte había dejado firmes dos condenas en su contra y la inhabilitación absoluta para ejercer cargos públicos. Su apuesta es jurídico-doctrinaria: pretende que la justicia electoral discuta si un presidente, por ser representante elegido por el pueblo, puede asimilarse a un funcionario público en el sentido de la inhabilitación. Cita, no sin audacia, el precedente Trump. Veremos. Por ahora, queda fijada su voluntad de competir y la elocuencia de su consigna —no es temprano, es necesario—, aunque la cancha jurídica donde quiere pararse todavía no está dibujada.

Autor: Federico González.

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